“Ha cambiado totalmente”. Esas son las palabras que repiten los profesionales que la asisten y el personal del Servicio Penitenciario encargado de custodiar a Ema Hortencia Gómez, condenada por el asesinato del juez Héctor Agustín Aráoz. Este no fue un caso más. La víctima era un juez; los acusados, policías. Y el trasfondo mezclaba romance, sexo y, posiblemente, drogas. 

Además, la causa estuvo rodeada de figuras carismáticas que le aportaron todavía más dramatismo. Gómez terminó acaparando toda la atención. Fue la última femme fatale que dominó las páginas policiales de la provincia. 

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Sobre su figura -atractiva, aunque no necesariamente de portada de revista- se construyó un mito alrededor de sus supuestos romances. Ella misma explotó esa imagen, la misma que le abrió puertas en la Policía, en Tribunales y en Casa de Gobierno. 

Siempre encontraba la manera de llamar la atención. El perfil bajo no era parte de su personalidad. En una oportunidad fue trasladada a Tribunales para ser entrevistada por el fiscal debido a un supuesto problema de salud. A la salida, en medio de empujones y caminando a paso acelerado, un cronista de LA GACETA le preguntó: “¿Ema, cómo estás?”. Ella se dio vuelta con un movimiento que desparramó su cabellera al viento y, con un sensual parpadeo, respondió: “¿Y vos cómo me ves?”. Así era ella. 

La Corte Suprema ordenó revisar la condena perpetua a Ema Gómez por el crimen del juez Aráoz

Antes de ser condenada a prisión perpetua, rehízo su vida e incluso quedó embarazada. Después de una extensa batalla judicial, obtuvo el beneficio del arresto domiciliario. Sin embargo, perdió ese privilegio tras un conflicto con su suegra, quien la había recibido en su casa. Ante esa situación y al no tener otro lugar donde vivir, regresó a la cárcel. Le costó readaptarse al duro sistema penitenciario. Con el paso de los años comenzó a estudiar y realizó varios cursos que podrían permitirle reducir parte de la pena que finalmente reciba.